lunes, 7 de septiembre de 2009

Esencia Hare Krishna

En los años 80, cuando Medellín vivía una oleada de violencia, adoradores de Krishna construyeron un oasis para la reflexión en medio de trabajadoras sexuales y drogadicción. Primera parte de una crónica que relata quiénes son y en qué creen.


Música e iconografía Hare Krishna. Video que se encuentra en YouTube.

Texto y fotos Elisa Restrepo Posada
erestre2@eafit.edu.co

Blanca e imponente se posa, en el paisaje misceláneo del Centro, la Iglesia de La Veracruz. Una espectadora inmóvil que desde 1712 ha visto crecer a Medellín. Testigo de numerosas bodas, entierros, ceremonias, discursos políticos, guerras, miseria y prostitución, esta ancestral ermita es una reliquia, un patrimonio cultural de la ciudad. Junto a ella, cruzando una estrecha calle saturada de vendedores y transeúntes, hay otro templo. Un templo joven frente a esta anciana tricentenaria, pero que alberga a una tradición de miles de años.

Se codean entonces dos templos de religiones diferentes. El más viejo, solemne y colonial, representa ese catolicismo fuerte, conservador y tradicional de la sociedad antioqueña. Y el más joven, opacado en medio de construcciones más modernas, profesa una religión oriental.

Todos los domingos, los devotos de este templo hindú salen a cantar a las calles a sus Señor, Krishna. Sonidos espirituales llamados mantras con los que buscan limpiar la mente de todas las ansiedades acumuladas; una forma de implorar ayuda y fuerza espiritual. Una ceremonia particular en el que los espectadores terminan involucrados, cantando sin querer, ese mantra que se repite rítmicamente una y otra vez.

“¿Y qué estarán haciendo estos locos?”, dicen algunos cuando se encuentra en la calle a un grupo de al menos 15 personas vestidas con túnicas de colores pasteles, con sus cabezas calvas y brillantes, bailando y cantando al ritmo de sus palmas y panderetas el hare krishna, hare hare que suelen entonar.

Los domingos los devotos salen a cantar a las calles. El maestro espiritual Srila Prabhupada comparó el canto del mantra Hare Krishna con el llanto de un niño, a cuyo llamado ninguna madre se puede resistir. / Foto tomada de www.medellinmandir.blogspot.com/

Para algunos su presencia puede parecer extraña en una ciudad que, además de ser por tradición católica y conservadora, es un lugar donde la homogeneidad salta a la vista, en donde cualquier cosa que se sale de los parámetros que la moda impone se hace ver como extraña, ridícula o graciosa.

Fui parte del público que los miraba mientras otros, acostumbrados a sus ritos dominicales, se unían a los cantos y bailes de esta particular fiesta callejera. La tranquilidad y la alegría con la que cantaban y danzaban llamaron la atención de todo el que pasaba. Rodeados de gente y vendedores no perdían su concentración, cantaban como si estuvieran solos, sumidos en el ritmo y la letra de sus oraciones hechas canto.

En medio del caos urbano
Los Hare Krishnas son una comunidad religiosa antiquísima que hace tan solo 27 años tiene su sede en el Centro de Medellín. Se hacen llamar govindas, que en idioma sánscrito significa “Dios, el dador de todo placer”.

Retoman un legado cultural hindú de más de 5 mil años de antigüedad. Su estilo de vida y raíces filosóficas se apoyan en escrituras de la India milenaria como los Vedas, los Upanisads, los Puranas y el Bhagavad-gita, el principal libro o, por llamarlo de otra manera, “la Biblia” del movimiento Hare Krishna.

En medio de trabajadoras sexuales, gamines, ruido y contaminación, unos 30 devotos practican su religión en el Centro Govinda´s, un edificio de cinco pisos ubicado en el Pasaje Veracruz, en el corazón de la ciudad.

Los más creyentes se distribuyen diferentes actividades, entre el restaurante de comida vegetariana, una panadería, la venta de productos naturistas, los espacios para la enseñanza y la práctica del yoga, y el centro de vivienda, estudio y adoración.

El viejo edificio no da pista alguna de ser un centro de adoración hindú. Se confunde entre la suciedad y la pobreza que rodea el lugar. “¡El minuto a trescientos, a fijo o a celular!, ¡Lleve el Supercoco, la Motita, el Chocobreak!, ¡El mango biche, pintón o maduro, la guayaba manzana, la piña, llévela a mil…!”.

Entre gritos y ventorrillos se esconde este templo en el que, una vez se está adentro, se deja a un lado ese bullicio y se respira paz y tranquilidad.

Un homenaje a Krishna
Entré a su templo por la tienda naturista, pasando entre vitrinas repletas de frascos, semillas, tortas de zanahoria y jaleas con pasas que, a decir verdad, no llamaron mucho mi atención. El lugar tenía un olor especial: inciensos y especias se fundían en un penetrante aroma exótico.

A la medida que subía las escaleras y me acercaba al restaurante del segundo piso, los aromas de curry, orégano y otras hierbas frescas entraron por mi nariz y activaron mi estómago. ¿Qué era aquello que soltaba tan provocativo olor? Encontré un buffet con gran variedad de alimentos vegetarianos o prasadam, como le llaman a este banquete, que hace parte de una ceremonia diaria en la que los devotos preparan comida vegetariana para ofrecerla a Krishna, su Señor.

Todos los días, de las 8 a.m. a 11:30 p.m. el restaurante ofrece comida acompañada de arepas de soya con queso, café de soya, empanadas, papas rellenas, buñuelos y muchas delicias vegetarianas.

El resultado de esta ceremonia es un colorido y provocativo festín que se prepara bajo la consigna de dejar a un lado las agresiones al medio ambiente. Agresiones de quienes se alimentan de la carne animal.

- Hare krishna, madre -me dijo muy amable una mujer envuelta en túnicas que encontré en el tercer piso.

- Hare krishna… -le respondí sin tener idea qué era lo que estaba saliendo de mi boca.

Su amabilidad me hizo sentir cómoda. Era serena, de voz suave que generaba tranquilidad. Apenas di muestra de mi ignorancia y deseos de conocer más a fondo su religión, me ofreció una silla para que me sentara a escuchar todo eso que tenía por contarme.

Pasaron 30 minutos en los que me enteré que los Hare Krishnas deben seguir rigurosos parámetros disciplinarios. Todos deben cumplir cuatro principios básicos: no comer carne, huevos ni pescado; no intoxicar el cuerpo con alcohol, cigarrillo, ni drogas; no participar en juegos de azar; y no tener sexo “ilícito”, pues la vida sexual solo se practica dentro del matrimonio y únicamente bajo fines reproductivos.

A medida en que me hablaba de esa disciplina iba imaginando qué efectos tendrían cada uno de estos principios en mi vida indisciplinada de estudiante, adicta a la adrenalina producida por el estrés y los trabajos a última hora.

Me imaginaba dejando mi instinto carnívoro, una buena fiesta de con algunos tragos a bordo o rechazando en el desayuno un huevo con jamón. ¡No! Sinceramente creo que no podría. Tuve una imagen mía envuelta en túnicas multicolor, concentrada, entre cantos e inciensos, que me hizo volver de inmediato a la realidad.

Aún cuando no estaba muy convencida de mi devoción hare krishna, admiraba a esa mujer que había dejado una vida de rockera para convertirse en una devota de este Dios oriental. Una persona común que me confesaba que, algunas veces, cuando desde la calle escuchaba las canciones de Guns n´Roses, se acordaba con nostalgia de esa otra etapa suya que hacía años había dejado atrás.

Pasados unos minutos, la mujer me avisó que por fin el Maestro me podría atender: “Madre, pase al restaurante que mi compañero la atiende mientras cuida su puesto”, me dijo.


Cada uno de los devotos cumplía con una tarea específica, todos estaban ocupados haciendo algo por su comunidad, pero dispuestos a ayudarme, a responder amablemente aunque tuvieran responsabilidades que cumplir.

Bajé al restaurante, con un hambre inmensa de carne. El olor a curry todavía hacía mover mis tripas y decidí probar el prasadam que ellos preparan diario y distribuyen en el sector. Un pequeño bocado mientras esperaba para hablar con el Maestro...

No hay comentarios:

Publicar un comentario