lunes, 31 de agosto de 2009

Médico de día, cómplice de oscuros crímenes en la noche

Emilio Restrepo es un ginecólogo cuya pasión, aparte de la medicina, es la literatura. Si bien su obra tiene historias de toda índole, son las de malevaje, conspiraciones y crímenes las que más le gusta escribir.

Este médico dice que es un hombre “absolutamente urbano” y que eso se refleja en toda su obra literaria.


Por Jhon Fredy Vásquez
jvasqu10@efit.edu.co

Cuando abandona su atuendo de médico, huye sin despertar la menor sospecha hacia el estudio de su apartamento. Allí se sumerge en el mundo interior de sus imaginerías para plasmar las historias de la vida cotidiana, las de sus pacientes, amigos, la calle. Todo lo que vive, escucha y recuerda termina convertido en cuentos, poemas, crónicas y novelas que tienen ese sabor a barrio, a malevaje, a camaradería. Sus personajes se alían a él para reflejar esa realidad urbana que, como siempre, supera la ficción.

En historias como La milonga del bandido es donde como escritor logra hacerse cómplice, víctima o testigo de sus personajes. Lo más interesante de su creación literaria es el grado de realidad que tienen sus obras. Según afirma, están basadas siempre en hechos reales.

Aunque es aún joven en su producción literaria, ya cuenta con siete obras publicadas y ha ganado varios concursos literarios; además, escribe artículos de medicina en la revista Cambio, lo hizo en la desaparecida La Hoja, además del periódico El Mundo, entre otros.

Emilio Restrepo es médico de la Universidad Pontificia Bolivariana. Se especializó como gineco-obstetra en la Universidad de Antioquia y en laparoscopia en la Universidad CES. Aunque ha tenido una exitosa carrera en la medicina y ha logrado una reconocida posición entre los ginecólogos de Medellín, es su faceta literaria la que trataremos aquí.

Heredero de la vida de barrio
En la mañana de un domingo nos dimos cita en una cafetería ubicada en el barrio Laureles. Llegó puntual en su camioneta y sin bajarse me invitó a entrar al vehículo y entre un mar de papeles, discos compactos, libros y una bata blanca, que ocupaban casi todo el espacio, haciendo gestos afanosos me abrió lugar y partimos hacia su apartamento.

Vestía camisa de botones, pantaloneta y tenis blancos, muy diferente a como se ve en la semana. En su casa, mientras preparaba café (actividad en la cual no es muy diestro) comenzó la entrevista.

Usted nació en el municipio de Amagá. ¿A qué edad vino a vivir a la ciudad?
“Estábamos en Amagá porque mi papá trabajaba allá en la Federación de Cafeteros. Después fue trasladado a Medellín y cuando yo tenía cinco años nos vinimos para esta ciudad. Desde entonces me crié en Belén, un barrio típico de clase media con toda la connotación de barrio que hoy no se conoce: cuadra, tienda en la esquina, mangas para jugar, unidad deportiva, juegos en la calle. Un ambiente muy apacible”.

¿Por qué le llama tanto la atención la vida de las calles?
“Porque es lo que conozco y donde me desenvolví desde el punto de vista existencial, educativo, cultural, social. Nos criamos en una esquina en una época en la que había una sola cadena nacional de televisión y los programas empezaban a las cinco de la tarde y acababan a las nueve de la noche. Y no había juegos de video, no había Internet”.

“Generalmente había dos o tres televisores en toda la cuadra. Entonces el espacio obligado de un muchacho de clase media era estar en la calle desde pequeño. Allí estábamos alimentando la lúdica, jugando, avivando la tradición oral, conversando todos los días, en poder de la dialéctica de los diálogos de los marihuaneros. Cuando éramos niños nos gustaba ir a la esquina a enrolarnos con ellos, a escucharles los cuentos”.

¿Cómo influyó en su vida crecer en un ambiente así?
“De hecho, mi gran aspiración en la vida, a los ocho años, era ser marihuanero. Yo quería serlo para tener todas esas historias que ellos habían tenido según la tradición oral que manejaban. Me imagino que la mitad eran mentiras, pero entonces yo quería tener esas aventuras y cotizar [conquistar] a esas chicas maravillosas, basadas en las modelos del cine norteamericano”.

“Había querido tener esas fugas inverosímiles de las cárceles que ellos contaban y que tal vez eran producto de la traba. En todo caso yo admiraba la tradición oral, entonces de ahí se puede sacar un referente del estilo de mi narración. Yo generalmente manejo el ritmo, el vértigo y el tono de un narrador oral”.

En cuanto a los jóvenes se refiere, por ejemplo, desde la vivencia con su hijo que es ya un adolescente, ¿qué tanto se ha perdido de esa tradición oral del barrio?
“Los jóvenes no conversan. Yo he tenido la oportunidad de estar como testigo circunstancial, a veces involuntario, de conversaciones de muchachos, y me impresiona lo limitado del alcance de su lenguaje. Usted se pone a escucharlos y todo es: ‘sisas, todo bien, bien llave, qué más llave, sisas, bien’. Y repiten incansablemente el mismo relato. Entonces rápidamente se quedan sin tema de conversar, estando cuatro o cinco muchachos sentados en una sala jugando con su play o con su game-boy [juegos electrónicos]”.

“Todo lo que yo he hecho fundamentalmente es novela, crónica y poemas urbanos”, afirma el médico Emilio Restrepo.
Su vida como escritor
Usted perteneció al taller literario del escritor Mario Escobar Velásquez. ¿Qué aportes le brindó esa experiencia?
“Mi verdadero encuentro con la literatura, lo que me permitió canalizar mi inquietud literaria y darle un buen cauce fue mi ingreso a ese taller literario donde aprendí unas pautas estilísticas, disciplinarias y técnicas. Tuve el gran apoyo del maestro Mario Escobar quien fue fundamental en mi desarrollo como escritor. Yo empecé sin tener nada y de un momento a otro en un año resultaron dos libros. Comencé a ganar concursos, como cinco en tan breve tiempo”.

¿Reconoce usted la importancia de una preparación académica en el ejercicio de la escritura?
“En el caso mío sí. Yo no puedo hablar por otras personas, pero a mí me permitió encontrarme. Tuve que organizar mis elementos estilísticos y mis herramientas literarias, gracias a que un profesor me ayudó a encontrar el camino que yo no hallaba. En lo que escribía cometía unos errores estilísticos garrafales que gracias al rigor de una persona como Mario Escobar y en su enfoque de taller me permitieron encontrarme. Si mal no recuerdo, el taller empezó en el año 2002”.

Reconoció en usted esa tendencia innata a escribir. Le gustaba, le apasionaba, sin embargo se presentó a estudiar medicina.
“No tiene nada que ver. Yo toda la vida quería trabajar en algo, ser médico, tener una profesión digna, buena, que me gustara. No hay incompatibilidad. De hecho, por el contrario, para mí la medicina ha sido un rico filón para estudiar miles de historias”.

“Yo tengo una columna en un periódico hace más de 10 años donde toco temas médicos. Poseo más de 20 artículos publicados. Una novela entera dedicada a la medicina, novela de hospital, que es El pabellón de la mandrágora. Ser médico me dio más oportunidades: me permitió escuchar muchas historias, de gente, de diferentes gremios, géneros y edades que de otra manera no hubiera podido conocer. No me hubiera tocado la experiencia, por ejemplo, de una monja embarazada, la del cuento Un asunto sorprendente. No habría conocido una historia tan poderosa como esa si no hubiera sido un médico que estaba tratando a la religiosa encintada”.

Háblenos de su obra. ¿Cuántos libros ha publicado, de qué libros en especial se siente orgulloso?
“Por ahí me gané un concurso de poesía en la Universidad de Antioquia y salió un libro que se llama Textos para pervertir a la juventud”.

¿Fue su primera publicación?
“El primer libro publicado, por allá en el año 91–92, muy exitoso en su momento. Llenó esos recitales de poesía. Toda la gente con velitas y compraban. Se llegaron a vender 2.000 ejemplares de esas dos ediciones que se sacaron. Honestamente creo que son textos inmaduros. Hechos con cierto humor, con cierto sarcasmo, pero podría cuestionar seriamente su valor literario”.

“Después quedé como primer finalista en el Concurso Internacional de Novela Álvaro Cepeda Samudio y ahí salió la novela Los círculos perpetuos, que va por su cuarta edición. Ha sido muy exitosa, se maneja como texto de lectura en colegios y universidades. Es muy conocida.

“Después saqué El pabellón de la mandrágora, con la cual me gané las becas de creación del Municipio de Medellín. Fue muy bien acogida la primera edición de 2.500 ejemplares. Y en la Fiesta del Libro de 2008, el Municipio sacó la segunda edición, difundiéndola por todas las bibliotecas de Colombia, en todos los municipios. Hubo entrevista por televisión, con el alcalde Sergio Fajardo… Fue muy emotivo el lanzamiento, muy apoyado”.

“Después saqué La milonga del bandido, una novela. La publicó una cooperativa que se llama Prosaico. Fue una edición de 1.500 ejemplares, está prácticamente vendida. También muy exitosa, con grandes anhelos y un proyecto muy serio para tratar de llevarla al cine”.

“Tengo los premios Ciudad de Itagüí en poesía, cuento y crónica que ya se publicaron. Y en el libro Crónicas de Belén - Algunas cosas nuestras. Saqué cinco crónicas en las que se recrean aspectos del barrio. También el año pasado gané el concurso Premio Talento Ciudad de Envigado con la obra Qué me queda de ti si no el olvido”.

Epílogo
Emilio Restrepo pertenece actualmente al taller de escritores dirigido por Luis Fernando Macías. Su fuente de inspiración, esta ciudad enorme y contradictoria, le seguirá aportando temas inverosímiles de toda clase, pero sobre todo de esos que tanto le gustan: el barrio, el malevaje y la violencia.

Este consagrado médico-escritor ha decidido llevar una vida laboral más tranquila para cuidar su salud y dedicarse a eso otro que tanto le apasiona: escribir.

2 comentarios:

  1. He leído algunas de sus obras y se nota que vivió esos momentos y los describe con claridad transmitiendo bien paisajes de momentos de una vida de bario, de hospital y otras cosas, me encarpete en algunos de sus escritos por que le pone la malicia y el pique que uno como mal lector requiere para interesarse y terminar cada capitulo
    "El Costeño"

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  2. Este es un autor bastante interesante. Lo conocí de profesor y me gustó, pero lo disfruté más como escritor. Es un gozón que esconde unas verdades enormes y un buen conocimiento de la condición humana. Su humor es puntilloso, sus historias son envolventes. Recuerdo mucho un historia de una monja embarazada llamada UN ASUNTO SORPRENDENTE, seleccionado en varias antologias de cuento, como la que hizo Mario Escobar para la U de A. Sin tanto cartel, creo que tiene un gran carrera por delante. Vale la pena seguirle la pista. Carlos Jarava C.

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