jueves, 21 de octubre de 2010
Inseguridad y violencia en Medellín tienen múltiples causas, formas y explicaciones
La impunidad reina aún por la masacre ocurrida el Día de Amor y Amistad
Ya pasó un mes desde que sicarios dispararon desde un carro y una moto contra más de 40 personas que estaban en un bar. Ocurrió a las 12:20 de la noche en Miramar, barrio del noroccidente de Medellín, en medio de la lluvia. Cinco personas fueron asesinadas y ocho heridas. Vecinos del sector aseguran que no hay capturados y sienten que quedará en la impunidad. Lo que pasa allí refleja lo que ocurre en otros sitios de la ciudad.
lunes, 19 de julio de 2010
"Pa' vivir sabroso": historia de un vigilante
Un revólver calibre 38 con sus municiones y el walkie-talkie descansan en un ancho cinturón de cuero. Sacude su gorra similar a un quepis militar, se aprieta la corbata y dice en tono alto y jocoso: "Listo papá, Batman ya se disfrazó". Mientras recorre una unidad residencial del barrio Los Colores, de Medellín, Jorge Gómez muestra cómo es la vida del hombre tras el uniforme.
martes, 27 de octubre de 2009
Prostituta a los 10

Por Elisa Restrepo Posada
erestre2@eafit.edu.co
Es apenas una niña. Tiene 12 años pero ha vivido como si tuviera 30. Por su vida ha pasado una lista interminable de hombres desconocidos que le pagan por tener sexo.
Sabe bien cómo es la calle. Aprendió a sobrevivir en ella a las malas durmiendo en las aceras, robando e intentando adormecer el hambre oliendo sacol [pegante] y consumiendo otras drogas que hacían de ese paisaje de pavimento un mundo de fantasía en el que se juega a ser mayor.
Como ella, muchas niñas viven de la prostitución. Y Prado Centro es el lugar, la plaza en la que se pasean y se venden.
Aquel barrio de ceibas y guayacanes, de mansiones de patios amplios y techos altos, se convirtió en un lugar de estrechos callejones, de hoteles de mala muerte, de bares y talleres. Los juegos de rondas se volvieron juegos sexuales que convirtieron la zona en una plaza de ladrones, bailes, peleas y vicio.
Después de dos años de vivir en la calle y “vender su cuerpo”, Karen recibe hoy ayuda de una fundación que trabaja con pequeñas prostituidas, en donde estudia y vive cómo lo que es: una niña. Hoy que puede mirar hacia atrás sin miedo cuenta su historia:
“Mi nombre es Karen, tengo 12 años, viví dos años en la calle trabajando en la prostitución”.
¿Por qué llegaste a trabajar en la calle?
“Porque unas amigas mías, Vanesa y Cristina, me llevaron pa´ donde un señor que se llamaba Pacho a que me dejara tocar y él me daba 20 mil pesos.
Yo estudiaba y me iba pa’ mi casa y ellas iban por mí, y isque, ‘!ay venga vamos a jugar patines, que usted dejó los patines en mi casa!’. Y yo les dije, ‘ay vamos pues’. Y dijeron, isque vamos a donde un señor que él me daba plata pa’ que me dejara tocar. Y yo iba y él me daba 20 mil por dejarme tocar.
Y de ahí me llevaron pa’l Centro y a mí me quedó gustando el Centro y mi mamá me iba a buscar con los policías y yo me le escapaba y me volvía pa’l Centro”.
¿Qué es lo más duro que te ha tocado vivir en las calles?
“Cuando matan a la gente, cuando les meten puñaladas a mis compañeras de trabajo o cuando se agarran a peliar o cuando los tombos [policías] violan a las pelaitas o también las maltratan”.
¿Y cuántas amigas, niñas cómo tu, ejercen la prostitución?
“Muchas… Yo tengo muchas amigas pues que hacen lo mismo que yo”.
¿Tus papás te obligan a trabajar en la calle?
“No. Mi mamá no sabía que yo trabajaba en la calle dejándome tocar, pero ya que se dio cuenta yo le dije que quería cambiar mi vida y le pedía mucho a Dios para que me ayudara.
Y ya conocí a la tía Patricia. Ella me dijo que había un internado que se llamaba Brazos Abiertos, que allá podía cambiar, dejar el vicio y me podía venir para acá a hacer un proceso y a cambiar mi nueva vida, empezar de nuevo”.
¿Quieres compartir alguna experiencia de la calle?
“Es muy maluco vivir en la calle porque uno tiene que dejarse tocar de los hombres pa´ poder sobrevivir en la calle, pa’ que no le toque vivir en la calle, pa’ poderse bañar… y también pa’… porque a uno también lo tienta mucho el vicio y no lo puede dejar fácilmente, como las otras compañeras que están en la calle. Y yo digo mi historia porque sí. Pa’ las que no quieran el vicio que no lo cojan”.
¿Desde cuándo consumes drogas?
“Yo tiro vicio desde los 9 años porque me llevaron mis amiguitas a tirar sacol y ahí me empezó a gustar y ahí, pues yo también le robaba la plata a mi mamá para irme a comprar el vicio y ya cuando me iba a trabajar se la colocaba donde la había dejado”.
¿A partir de qué precios consigues sacol, quién te lo vende, dónde te lo venden?
“Yo consigo el sacol en la ferretería de La Mona, lo venden a 1.000 pesos, a $1.200 o a $2.000 y la media vale $3.500. Y de eso consumíamos todas: todas nos compartíamos el vicio. Pues y así… sacol, marihuana, perico, rueda y cigarrillo”.
Si tenías una casa, una familia y estudiabas, ¿por qué decidiste irte para la calle?
“Porque, pues me pareció bueno estar en la calle y ya. Pero me acordé de que la calle no es buena para mí y ni para nadie”.
Algunas cifras de la infamia
3.430 es el número de niños en las calle de Medellín que ejercen algún tipo de “retaque” para subsistir, según el último censo realizado por la Alcaldía de la ciudad.
30% es la cifra estimada por el Centro Día de Habitantes de la Calle que son de sexo femenino y que en su gran mayoría están dedicadas a las drogas y a la prostitución.
85% es el porcentaje que el habitante de la calle destina de su ganancia diaria para consumir sustancias psicoactivas.
3.500 pesos es el valor por el que entrega una madre a su hija entre los 7 y los 13 años para que tenga relaciones sexuales con otros habitantes de la calle.
13 años es la edad promedio en la que un niño de la calle decide cambiar el pegamento por drogas más fuertes y adictivas. No lo hace para calmar el hambre, lo hace porque así lo ha aprendido.
Estas son apenas algunas de las cifras de mendicidad infantil en la ciudad proporcionadas por el Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) y por la Alcaldía de Medellín.
Para mayor información visite:
http://www.medellin.gov.co/nomaslimosnas/cifra.html
Este testimonio hizo parte de la investigación que mereció el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2009.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Ciudadanos viven enjaulados en sus propios miedos
El temor al Chucho y a la Patasola (el mito rural más extendido en América Latina) se ha difuminado desde que las ciudades ganaron como centros para vivir. Hoy los miedos persisten, pero son otros.
Desde abril, el Bazar de los Puentes, situado sobre la avenida Oriental en Medellín, cuenta con un nuevo CAI de la Policía. Los comerciantes afirman que ya no hay tanto que temer en el sector.
Por Jessica Suárez C.
jsuarez1@eafit.edu.co
Si se le pregunta a cualquier transeúnte posiblemente diga que le teme más a un carro que al infierno o más a un asalto que al fin del mundo. Esto lo podemos comprender, según explica Adolfo Maya, sociólogo y profesor de la Universidad EAFIT, porque “los miedos como representación social son hijos legítimos del tiempo social y cultural que la sociedad vive”.
Es por ello que a lo largo de la historia se pueden identificar los miedos siempre ligados a la matriz cultural y política de las sociedades. Por ejemplo, en la Edad Media los miedos estaban ligados principalmente a la idea religiosa. Hoy, el desarrollo social en sus distintos ámbitos se concentra en las ciudades y por ello se habla de una tipología de miedos propios de las urbes.
Jean Delumeau, historiador francés, postuló como cierre a su proyecto sobre el miedo urbano en 2003: “El miedo no es sólo instintivo, sino que también puede ser una construcción social y cultural, una creación simbólica y, por eso, es posible tener miedo de personas o situaciones que objetivamente no representan ningún riesgo para nosotros”.
En general, se podría decir que se le tiene miedo a lo que no se conoce, sea algo tangible o de carácter simbólico. Y en particular, de miedos ligados a lo que sucede en las calles, con historias reales o ficticias sobre las ciudades y sus peligros.
A que le teme usted.mp3
El miedo de las víctimas
“Hay un miedo tremendo traducido en incertidumbre y en que las cosas más terribles de la guerra vuelvan a llegar a las ciudades”, afirma la antropóloga Natalia Quiceno, del grupo de investigación en Cultura, Violencia y Territorio del Instituto de Estudios Regionales (Iner) de la Universidad de Antioquia.
En su trabajo con víctimas de la violencia de barrios pobres de la ciudad Medellín, como La Sierra y Ocho de Mayo, Quiceno analizó las marcas del miedo, huellas que éste ha dejado en la forma de habitar el territorio o de construir redes de confianza colectiva.
Un comentario que se repetía entre las personas de poblaciones afectadas era: “Yo no sé ya quiénes son mis vecinos y yo no sé con quiénes mis vecinos están involucrados”.
La antropóloga señala que poco a poco se va superando el abandono de algunos espacios públicos de esta ciudad, pero los miedos relacionados con territorios que fueron considerados una amenaza son más difíciles de superar.
Hace énfasis en que se requieren proyectos de reparación con estas comunidades a largo plazo, que puedan dar respuesta tanto a los miedos particulares como colectivos, asociados con la memoria de guerra que pervive en Colombia.
La seguridad, la idea del momento
Para Adolfo Maya, el miedo es un lugar estratégico del poder porque a través de él se disciplina, cohesiona y se genera unidad. En Colombia atrapados por el miedo al secuestro, la corrupción o el terrorismo, la seguridad ha logrado posicionarse como un valor y una necesidad que está al parecer por encima del bienestar y la calidad de vida.
Natalia Quiceno lo reafirma: “Precisamente ese discurso de la seguridad se legitima a través de mostrar los miedos, y que de verdad puedes estar inseguro para yo poder brindarte seguridad… ¿A qué estamos asociando en esta ciudad la seguridad? ¿A un señor con un arma parado en una esquina o con que la gente tenga oportunidades de recreación, de educación, que tenga empleo, que tengan vidas más dignas? Aquí no asociamos la seguridad a eso”.
Ante la industria de seguridad que se desarrolla alrededor del tema, Maya sostiene: “Creemos estar seguros porque invertimos en ciertos dispositivos de seguridad, porque partimos de que el otro es la amenaza, y en la medida en que tengamos al otro en el límite que yo quiero que esté, tenemos seguridad”.
Entonces, además del alto precio que tiene la seguridad nacional, los ciudadanos corren por su cuenta con la compra de artilugios que hacen de las casas pequeñas prisiones: rejas, candados, alarmas e, inclusive, cámaras de seguridad. ¿Qué pasará cuando la amenaza venga de adentro hacia fuera y no cómo se suponía? Posiblemente estaremos atrapados en nuestras propias jaulas de hierro.
Sean los miedos relacionados con este “lugar común” que es la seguridad o los miedos que no admitimos siempre: como el miedo al rechazo, a no ser reconocido o a la exclusión, lo cierto es que en las calles, entre el sol y la lluvia, la gente no sólo tiene que sobrevivir a sus problemas cotidianos, sino también a los terrores que se apoderan de su mente.